- ¿Y bien? He de suponer que te he demostrado que te equivocas.
Ella
respondió con un gesto de desprecio. No era consciente de que en todo momento
había estado arrugando la nariz mientras que él mostraba una imagen totalmente
diferente a la que le había hecho ver al entrar. Ya no estaba retraído ni fuera
de sí, sino que se lo veía concentrado y enfocado, intentando demostrar interés
por cada palabra que ella mencionaba, e incluso su postura había cambiado a una
más confiada y una mirada en alto.
- ¿Sabes? Mejor cállate. Parece que sólo has
venido por una dosis de desprecio.
- Pues, si viene de ti, espero morir de
sobredosis. Así que… ¿vienes conmigo ahora o paso por ti más tarde?
- ¿Qué te parece nunca?
Su
rudeza era algo que a él le encantaba y esperaba encontrar a cada rato. Casi
como si estuviera esperando el momento en que la cansara y le rompiera su
espléndida nariz.
- Testaruda. Me quejaría, pero incluso si
hasta te ves más linda con esas permanentes arrugas en tu frente.
- Me agradas. Me recuerdas a un chico
estúpido que conocí una vez… - Vio su rostro, entre decepcionado y herido,
lo que no sólo la hizo suavizar su mueca, sino que la hizo replantear la
situación – Escucha: trataré de ser
menos dura si tú tratas de ser menos… idiota.
Él
respondió con una sonrisa un tanto infantil. Sabía que ella por fin había
comprendido cómo eran las cosas con él. Fue justo entonces cuando volvió a
hablar, como robando las palabras de su mente, pero reacomodándolas a su
manera, sin perder esa brusca manera de referirse a él:
- Te odio… Eres la clase de persona difícil
de hacer desaparecer… No me libraré tan fácil de ti, ¿verdad?
El rubio respondió con un movimiento de cabeza. No quería
cortar el hilo de voz de su compañera. Le gustaba oírla expresar sus actuales
ideas, que se notaba que las exprimía en su cabeza antes de soltarlas con su
rápida lengua para hablar.
- Más tarde. – Respondió la niña de
grandes ojos a una antigua pregunta que él, gracias a su intenso préstamo de
atención, captó al instante: por fin había aceptado salir con él. – Pero espérame afuera, aquí puede vernos
alguien.
No
se avergonzaba de él, para nada. Simplemente que aún no se acostumbraba a
aquella mirada con la que él la acechaba, ridiculizándola a tal punto de que
incluso para él estaba fuera de todo lo que conocía. Más bien, la inhibía.
Pero, de alguna forma, algo de él le atraía. Quizás era esa forma de hacerla
pensar, de hacerla sobresaltar, pero ella aún no lo descubría. Sus últimos
gestos se basaron en un último intercambio de sonrisas. La de él, cada vez más
extraña por el hecho de no ser una persona que sonriera muy seguido. La niña,
con sonrisa tan grande como el resto de sus rasgos faciales, pensó que, tal
vez, el chico necesitaba unas cuantas clases de sonrisas. No le salían, para
nada, eso era un hecho seguro. Pero era entre simpático, gracioso y tierno, de
manera abstracta. Era difícil comprenderlo y seguir adelante porque mientras
continuaba mirándolo, seguía sintiendo que descubría cosas sobre él detrás de
esos gruesos lentes que hacían de lupa y telescopio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario