miércoles, 21 de noviembre de 2012

III.

-      ¿Y bien? He de suponer que te he demostrado que te equivocas.

Ella respondió con un gesto de desprecio. No era consciente de que en todo momento había estado arrugando la nariz mientras que él mostraba una imagen totalmente diferente a la que le había hecho ver al entrar. Ya no estaba retraído ni fuera de sí, sino que se lo veía concentrado y enfocado, intentando demostrar interés por cada palabra que ella mencionaba, e incluso su postura había cambiado a una más confiada y una mirada en alto.

-      ¿Sabes? Mejor cállate. Parece que sólo has venido por una dosis de desprecio.
-      Pues, si viene de ti, espero morir de sobredosis. Así que… ¿vienes conmigo ahora o paso por ti más tarde?
-      ¿Qué te parece nunca?

Su rudeza era algo que a él le encantaba y esperaba encontrar a cada rato. Casi como si estuviera esperando el momento en que la cansara y le rompiera su espléndida nariz.

-      Testaruda. Me quejaría, pero incluso si hasta te ves más linda con esas permanentes arrugas en tu frente.
-      Me agradas. Me recuerdas a un chico estúpido que conocí una vez… - Vio su rostro, entre decepcionado y herido, lo que no sólo la hizo suavizar su mueca, sino que la hizo replantear la situación – Escucha: trataré de ser menos dura si tú tratas de ser menos… idiota.

Él respondió con una sonrisa un tanto infantil. Sabía que ella por fin había comprendido cómo eran las cosas con él. Fue justo entonces cuando volvió a hablar, como robando las palabras de su mente, pero reacomodándolas a su manera, sin perder esa brusca manera de referirse a él:

-      Te odio… Eres la clase de persona difícil de hacer desaparecer… No me libraré tan fácil de ti, ¿verdad?

El rubio respondió con un movimiento de cabeza. No quería cortar el hilo de voz de su compañera. Le gustaba oírla expresar sus actuales ideas, que se notaba que las exprimía en su cabeza antes de soltarlas con su rápida lengua para hablar.

-      Más tarde. – Respondió la niña de grandes ojos a una antigua pregunta que él, gracias a su intenso préstamo de atención, captó al instante: por fin había aceptado salir con él. – Pero espérame afuera, aquí puede vernos alguien.

No se avergonzaba de él, para nada. Simplemente que aún no se acostumbraba a aquella mirada con la que él la acechaba, ridiculizándola a tal punto de que incluso para él estaba fuera de todo lo que conocía. Más bien, la inhibía. Pero, de alguna forma, algo de él le atraía. Quizás era esa forma de hacerla pensar, de hacerla sobresaltar, pero ella aún no lo descubría. Sus últimos gestos se basaron en un último intercambio de sonrisas. La de él, cada vez más extraña por el hecho de no ser una persona que sonriera muy seguido. La niña, con sonrisa tan grande como el resto de sus rasgos faciales, pensó que, tal vez, el chico necesitaba unas cuantas clases de sonrisas. No le salían, para nada, eso era un hecho seguro. Pero era entre simpático, gracioso y tierno, de manera abstracta. Era difícil comprenderlo y seguir adelante porque mientras continuaba mirándolo, seguía sintiendo que descubría cosas sobre él detrás de esos gruesos lentes que hacían de lupa y telescopio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario