- Levántate, te prohíbo que te quedes.
- Prohibir es una orden muy negativa. No te
haré caso las veces que intentes hacerlo, las veces que intentes prohibirme. -
¿De veras iba a discutirle algo que decía para un bien?
- ¡Vete!
- No.
- ¡Que te vayas! – Rugió ella pero él ni
se movió. Parecía disfrutar cada vez que ella gritaba y arrugaba la nariz. – Bien, entonces, si así deseas jugar, te
prohíbo que te vayas.
- Dije que no te haría caso, no que jugaría a
los contrarios. – Sonrió y recién entonces se puso de pie.
En
el instante en que se paró y hubo mayor diferencia de alturas que cuando había
estado sentado, la niña de enormes ojos apuntó a los detalles a los que antes
no había prestado atención. Primero se enfocó en su ropa. No llevaba el mismo
atuendo desarreglado y de holgazán. Llevaba saco camisa. Estaba desalineado de todas formas y
se notaba –además de que llevaba un largo tiempo bajo la lluvia- que no se
había peinado. Siguiendo la inspección con la mirada, llegó a aquello que
sostenía en su mano y toda su expresión se transformó. Una flor, algo tan
simple como eso, había hecho que algo dentro de ella se retorciera y ablandara
todos sus sentidos. Casi boquiabierta, volvió a posar sus grandes ojos sobre
los de él, pícaros, como si supiera de la dulzura que acababa de invadir el
cuerpo entero de la pequeña. Una vez más, ella notó el irónico humor en el
rostro de su compañía, lo que la hizo enojar nuevamente. No dijo nada bonito
acerca del gesto de la flor ni le felicitó por su detallada apariencia (jamás
un chico se había puesto una camisa por ella). Es más, no hizo comentario
alguno. Sólo posó su vista en la flor, ya casi destruida a causa de la lluvia,
preguntándose si en algún momento se la daría. Inmediatamente y tan atento como
siempre, él alzó el brazo y le extendió la flor.
- Para ti… ¿No me agradecerás? – Dijo él
después de un instante en el que esperó a que ella hablara de nuevo.
- Iba a hacerlo. – Fue lo único que ella
contestó.
Ambos se miraron por unos instantes hasta que ella resopló
y, finalmente, habló:
- ¿Y bien?... ¿Ahora qué?
- Pues… - Sonrió, luego de pensar un poco
en qué diría – Podríamos besarnos.
- Eres un completo idiota. – Bufó ella,
dedicándole una de sus comunes caras de enfado. Nariz arrugada, cejo fruncido.
- Puedo serlo, si así lo deseas. – Casi la
hizo sonreír.
- Continúa con tu vida de idiota, yo me
largo.
La
niña dio media vuelta y, sin dedicarle ni una sola mirada más, se regresó hacia
la calle. En el instante en que dio el primer paso, él la tomó del brazo.
- ¿Quién es el básico ahora? No conviertas
esto en una situación tan predecible. – Dijo ella.