domingo, 24 de marzo de 2013

VI. Final alternativo

- Deja de jalarme del cabello, ¿quieres? Es largo y, aunque no ondulado, tiende a enredarse con facilidad. Tú no sabrías de estas cosas ya que si algún día llegaras a llevarlo por la cintura, seguramente serías un hippie roñoso y siquiera te interesaría pasarte un peine como para notar lo enredado que estaría. – Hablaba rapidísimo y, aún así, Drake había captado todas y cada una de sus palabras. No tenían sentido. Había comenzado con una queja y había acabado con la idea de un futuro incierto e incomprobable. Y todo aquello sólo porque él le había jalado el cabello. ¿Por qué le había jalado del cabello? Bien, pues, era bastante claro y obvio. Le encantaba observarla y le encantaba, especialmente, cuando se enfadaba, porque arrugaba su nariz y el entrecejo se fruncía de manera tal que sus cejas se arqueaban de una forma graciosa. Y él no paraba de reír. Seguramente a ella no le molestaba el hecho de que le tocase el cabello (ya que lo hacía con cuidado tal que, por su delicadeza, la niña podría llegar a pasar por una muñeca de porcelana). A Ayleen le molestaba, más que nada, que él se riera de ella.
 
 
Ayleen podría haberse quejado de muchas cosas. O no. Cualquier chica ordinaria lo habría hecho, teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban. Pero ella no era una chica ordinaria, sino una bastante singular. Se destacaba del montón, siempre lo hacía, en especial cuando no la rodeaba mucha gente, como en ese instante. Drake no paró de cantar, ni siquiera cuando ella le retó. Yacían recostados en el suelo, sobre el césped. Él sobre ella. Cualquiera que hubiese pasado por allí, los habría catalogado con suficientes palabras hirientes. Pero estaban confiados de que nadie se acercaría a aquel prado, ya que en el campo no vivía mucha gente y, la que sí, no se andaba permitiendo paseos al azar, ya que todo el mundo trabajaba en sus tierras casi sin parar. Además, si bien eran genuinos e instruidos, tenían una mente tan fresca que la inocencia les completaba el alma.
 
 
Ella lo miró a los ojos. Él copió su gesto e hizo una mueca, en un intento por sonreír. Sólo logró una sonrisa chueca, exagerada y hasta un tanto aterradora. No sonreía muy seguido y, la vez que lo hacía, era porque se precisaba hacerlo. Pero Ayleen no había estado mirándolo precisamente a él. La niña alzó los brazos hasta la altura de sus caras y, con sus manos de pétalos, tomó los gruesos lentes de Drake. Ella hizo asomo sobre el grosor del vidrio y algo más que él no oyó. O sí oyó pero, más bien, no prestó atención. Se había quedado compacto ante el intercambio de miradas. Pocas veces dejaba de prestarle atención y, mucho menos, se ponía a pensar en cosas que le tomaban un tiempo suficientemente largo para que ella lo notara.
 
 
- ¿Mucho o poco? – Repreguntó Ayleen, como si intentara hacerlo reaccionar con su tema anterior. Pero Drake no comprendió. Había perdido el hilo de la conversación. Estaría preguntando sobre… ¿El grado de su visión? No tenía idea y realmente poco le interesaba. Era consciente de que gran cantidad de las cosas que Ayleen le decía no eran por real interés, sino que eran, más que nada, porque pocas palabras decía él y, por lógica, alguien debía rellenar los silencios de vez en cuando.
- ¿Por qué no puede ser amor? – Dijo él, casi sin pensarlo. O, más bien, sin pensar en articular, porque la pregunta en sí había sido la razón por la que se había perdido en sus curiosos ojos de caleidoscopio.
 
 
Ayleen no tartamudeó pero sí se tomó un minuto antes de contestar. Y él se lo concedió. Había innumerables respuestas y todas lo suficientemente ingeniosas como para evadir a aquella pregunta que, de alguna manera, no comprendía del todo. Algo que siempre la había caracterizado era el hecho de tener esa capacidad tan suya para dominar los pensamientos y eludir los sentimientos:
 
 
- Deberías dejar de oír esas bandas que tanto te gustan. Sus letras te llenan el cerebro de aire y no te permiten pensar bien. ¿Qué esperas que te responda? No imagines nada que nos involucre en un mismo plan, en una misma vida.
- Hasta el destino espera algo de nosotros. – Dijo él, de inmediato. Ignoró por completo que hablara de esa manera de la música que no compartían pero que él aún así oía.
- Cállate. Tan sólo cállate, ¿quieres? Estás haciéndolo todo mal.
 
 
Ayleen le empujó con suavidad y, rodando hacia el lado contrario, se impulsó para ponerse de pie. Drake la imitó una vez más y se acomodó los lentes sobre su larga y peculiar nariz. La observó como analizándola, esperando que explicara sus pensamientos. Un escalofrío recorrió su larga columna vertebral y le erizó los cabellos de la nuca. ¿Habría sido un error presentarle tal interrogación? Temía que, en un segundo se hubiera alejado de ella para siempre. De inmediato ella le devolvió la mirada. Llevaba el entrecejo y los labios fruncidos. Ayleen deseó que su mirada fuera un hacha. Era un idiota y aún así le parecía encantador. Drake resistió una sonrisa casi inevitable. Sabía que no era el momento y que no sólo recibiría una gran golpiza, sino que Ayleen se enojaría por un buen rato. Y, en ese momento, no tenía argumentos para deshacerle los caprichos.
 
 
- Espera, ¿quieres? Espera. Es todo un juego, ¿verdad? No estás diciendo esto en serio, ¿verdad? Mañana despertaremos y volveremos a gritarnos como si nada hubiese pasado, ¿verdad?
 
 
Parecía sufrir a duras penas aquel descubrimiento interior. No era un hallazgo sólo para ella, sino, una respuesta completa para Drake. Estaba claro que su pregunta no sólo había movido algo dentro de él. Aquella tarde completaban una etapa y creaban una nueva ante ellos. Sería una fase más cercana a todo aquello que habían imaginado por años.
 
- Estamos a nada de serlo todo. – Dijo con calma Drake.
- Estoy pensando… Te quiero. Y tú a mí. Y eso es todo.
 
 
Sabía que no era necesario decir aquello. Jamás habían sentido la necesidad de hacerlo y, sin embargo, lo dijo. Se alejó, temblando los primeros pasos. En cuanto comprobó que él no la detendría, continuó con firmeza. No la detuvo y tampoco la siguió. Fue entonces cuando, por fin, notó que había tomado la decisión correcta.

viernes, 8 de febrero de 2013

V.

-      Levántate, te prohíbo que te quedes.
-      Prohibir es una orden muy negativa. No te haré caso las veces que intentes hacerlo, las veces que intentes prohibirme. - ¿De veras iba a discutirle algo que decía para un bien?
-      ¡Vete!
-      No.
-      ¡Que te vayas! – Rugió ella pero él ni se movió. Parecía disfrutar cada vez que ella gritaba y arrugaba la nariz. – Bien, entonces, si así deseas jugar, te prohíbo que te vayas.
-      Dije que no te haría caso, no que jugaría a los contrarios. – Sonrió y recién entonces se puso de pie.

En el instante en que se paró y hubo mayor diferencia de alturas que cuando había estado sentado, la niña de enormes ojos apuntó a los detalles a los que antes no había prestado atención. Primero se enfocó en su ropa. No llevaba el mismo atuendo desarreglado y de holgazán. Llevaba saco  camisa. Estaba desalineado de todas formas y se notaba –además de que llevaba un largo tiempo bajo la lluvia- que no se había peinado. Siguiendo la inspección con la mirada, llegó a aquello que sostenía en su mano y toda su expresión se transformó. Una flor, algo tan simple como eso, había hecho que algo dentro de ella se retorciera y ablandara todos sus sentidos. Casi boquiabierta, volvió a posar sus grandes ojos sobre los de él, pícaros, como si supiera de la dulzura que acababa de invadir el cuerpo entero de la pequeña. Una vez más, ella notó el irónico humor en el rostro de su compañía, lo que la hizo enojar nuevamente. No dijo nada bonito acerca del gesto de la flor ni le felicitó por su detallada apariencia (jamás un chico se había puesto una camisa por ella). Es más, no hizo comentario alguno. Sólo posó su vista en la flor, ya casi destruida a causa de la lluvia, preguntándose si en algún momento se la daría. Inmediatamente y tan atento como siempre, él alzó el brazo y le extendió la flor.

-      Para ti… ¿No me agradecerás? – Dijo él después de un instante en el que esperó a que ella hablara de nuevo.
-      Iba a hacerlo. – Fue lo único que ella contestó.
Ambos se miraron por unos instantes hasta que ella resopló y, finalmente, habló:
-      ¿Y bien?... ¿Ahora qué?
-      Pues… - Sonrió, luego de pensar un poco en qué diría – Podríamos besarnos.
-     Eres un completo idiota. – Bufó ella, dedicándole una de sus comunes caras de enfado. Nariz arrugada, cejo fruncido.
-      Puedo serlo, si así lo deseas. – Casi la hizo sonreír.
-      Continúa con tu vida de idiota, yo me largo.

La niña dio media vuelta y, sin dedicarle ni una sola mirada más, se regresó hacia la calle. En el instante en que dio el primer paso, él la tomó del brazo.

-      ¿Quién es el básico ahora? No conviertas esto en una situación tan predecible. – Dijo ella.

jueves, 22 de noviembre de 2012

IV.

Había comenzado a llover y a pesar de que era tarde, la gente de lujos continuaba con sus juegos y conversaciones. La pequeña niña estaba preciosísima. Simple, sencilla, algo que siempre solía realzarle un aura interesante a su alrededor. El cabello suelto, desenredado pero mal peinado. Llevaba su gran capelina blanca en la mano y las mejillas coloradas del calor que sentía, los cuales no sabía si eran explicación de un raro clima o si eran los nervios del siguiente encuentro. Resopló, corriéndose un mechón del rostro. Sus ojos, calmos, se entrecerraron con el primer contacto con las luces de la sala de entrada. Acto siguiente comenzaron a investigar el entorno con un brillo curioso. Claro, era cara serena y cansada, tan agotada en pensamientos que se la veía muy tranquila, más que nada, enojada: él no estaba allí.

La lluvia se había convertido en torrencial y era acompañada por un fuerte viento que rugía y amenazaba con dar vuelta todo a su paso. Un gran golpe parecido a una avalancha de agua contra la pared de vidrio delante de ella la sobresaltó y fue suficiente para que un detalle del exterior captara su atención. Del otro lado de la calle, sentado en un banco junto a un poste de luz blanca, estaba el delgado muchacho de aspecto extraño. Inmediatamente y a la velocidad de un rayo la joven se movió entre la gente parada que estorbaba y luchó contra la marea de personas que atravesaban la puerta principal, escapando de la gran lluvia torrencial. A diferencia de todos, ella atravesó las pesadas puertas de vidrio en dirección a la noche. Sin respetar las normas de tránsito, cruzó la calle en diagonal y llegó a él con mayor rapidez. Encorvado como quien no tiene otra forma de protegerse pero con una expresión que parecía no estar afectada por el mal tiempo, la miró y sonrió abiertamente. Parecía ser que en ningún momento había dudado que ella se apareciera.

-      ¿En qué estabas pensando al esperar aquí afuera? – Le preguntó ella o, más bien, se lo gritó.
-      En tus últimas palabras de esta tarde. – Dijo él, sin dejar de sonreír.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

III.

-      ¿Y bien? He de suponer que te he demostrado que te equivocas.

Ella respondió con un gesto de desprecio. No era consciente de que en todo momento había estado arrugando la nariz mientras que él mostraba una imagen totalmente diferente a la que le había hecho ver al entrar. Ya no estaba retraído ni fuera de sí, sino que se lo veía concentrado y enfocado, intentando demostrar interés por cada palabra que ella mencionaba, e incluso su postura había cambiado a una más confiada y una mirada en alto.

-      ¿Sabes? Mejor cállate. Parece que sólo has venido por una dosis de desprecio.
-      Pues, si viene de ti, espero morir de sobredosis. Así que… ¿vienes conmigo ahora o paso por ti más tarde?
-      ¿Qué te parece nunca?

Su rudeza era algo que a él le encantaba y esperaba encontrar a cada rato. Casi como si estuviera esperando el momento en que la cansara y le rompiera su espléndida nariz.

-      Testaruda. Me quejaría, pero incluso si hasta te ves más linda con esas permanentes arrugas en tu frente.
-      Me agradas. Me recuerdas a un chico estúpido que conocí una vez… - Vio su rostro, entre decepcionado y herido, lo que no sólo la hizo suavizar su mueca, sino que la hizo replantear la situación – Escucha: trataré de ser menos dura si tú tratas de ser menos… idiota.

Él respondió con una sonrisa un tanto infantil. Sabía que ella por fin había comprendido cómo eran las cosas con él. Fue justo entonces cuando volvió a hablar, como robando las palabras de su mente, pero reacomodándolas a su manera, sin perder esa brusca manera de referirse a él:

-      Te odio… Eres la clase de persona difícil de hacer desaparecer… No me libraré tan fácil de ti, ¿verdad?

El rubio respondió con un movimiento de cabeza. No quería cortar el hilo de voz de su compañera. Le gustaba oírla expresar sus actuales ideas, que se notaba que las exprimía en su cabeza antes de soltarlas con su rápida lengua para hablar.

-      Más tarde. – Respondió la niña de grandes ojos a una antigua pregunta que él, gracias a su intenso préstamo de atención, captó al instante: por fin había aceptado salir con él. – Pero espérame afuera, aquí puede vernos alguien.

No se avergonzaba de él, para nada. Simplemente que aún no se acostumbraba a aquella mirada con la que él la acechaba, ridiculizándola a tal punto de que incluso para él estaba fuera de todo lo que conocía. Más bien, la inhibía. Pero, de alguna forma, algo de él le atraía. Quizás era esa forma de hacerla pensar, de hacerla sobresaltar, pero ella aún no lo descubría. Sus últimos gestos se basaron en un último intercambio de sonrisas. La de él, cada vez más extraña por el hecho de no ser una persona que sonriera muy seguido. La niña, con sonrisa tan grande como el resto de sus rasgos faciales, pensó que, tal vez, el chico necesitaba unas cuantas clases de sonrisas. No le salían, para nada, eso era un hecho seguro. Pero era entre simpático, gracioso y tierno, de manera abstracta. Era difícil comprenderlo y seguir adelante porque mientras continuaba mirándolo, seguía sintiendo que descubría cosas sobre él detrás de esos gruesos lentes que hacían de lupa y telescopio.

lunes, 19 de noviembre de 2012

II.

El pulso se le aceleró y la adrenalina inundó su ser. Mientras se daba la vuelta, entró en un shock: sabía lo que era pero no sabía porqué se sentía invadida de tantos nervios. Un nuevo aspecto le enfrentó, el de un par de gruesas gafas y una mirada más clara. Ella tardó en reaccionar, de igual manera. Era el típico aspecto que más que confianza, generaba indiferencia o hasta, en ciertos casos, risa. Sin embargo, el hecho de no recibir ninguna sonrisa a cambio, le hizo sonrojar hasta el punto de sentir la cara acalorada.

-      No sé de qué hablas. – Contestó ella por fin.
-      ¿Indiferencia como mecanismo de defensa? Eres básica. – Se burló.

Ella mantuvo el silencio a partir de allí. Él sólo la miró, como quien contempla de forma rigurosa, como estudiándola.

-      ¿Sueles analizar psicológicamente a las personas? – Por fin volvió a hablar ella. A lo que él no tardó en encontrar respuesta impredecible:
-      Lo que suelo hacer es ridiculizarlas, en especial a aquellas que no me declaran su amor. – le guiñó un ojo bajo el vidrio de sus gruesos lentes.
-      No sólo eres raro, sino también idiota. Se enojó ella.

Él la miró, como nunca antes la había observado. Similar a como ella le había mirado en un principio, como a un extraño, un desconocido pero nuevo y llamativo objetivo.

-      Pues si así es como ves la seducción, con razón estás tan sola. – sonrió. Estaba claro que bromeaba y, tras aquella inusual y burlona sonrisa, destellaba un escondido placer porque sus palabras fueran ciertas.

Los enormes ojos de la niña se mantuvieron posados en los claros ojos de su atacante, mas ninguna palabra salió de su boca, no quería darle el gusto, así que, por instinto, sólo arrugó la nariz, como solía hacer cuando se enfadaba o cuando algo le disgustaba. Un hombre uniformado se acercó a ellos para ofrecerles algo de beber, cortando aquel lindo juego de miradas, sin embargo, una cortante mirada del rubio le hizo entender que estaba interrumpiendo algo, para él, importante y que lo mejor sería irse pronto a otro grupo de gente.

-      Maleducado – soltó ella -. Nadie te dijo que yo no estaba con sed.
-      Voy a buscarte un vaso de agua ahora mismo. – Se apresuró a decir él.
-      Tampoco dije que sí estuviera sedienta. – Continuó ella.

El rubio alzó ambas cejas antes de fruncir el ceño y analizarla con los ojos bien abiertos. Fue entonces cuando volvió a hablar:

-      O eres muy lista, o sólo estás en tus días. – Hizo una mueca que a ella le pareció divertida. El rubio de nariz llamativa no tenía mucho interés por el mundo femenino, pero tenía una hermana menor y una madre con las que convivir y lidiar día a día, por lo que no podía evitar los mínimos conocimientos y tratos hacia las mujeres, en especial cuando se trataba de la niña bonita que él había elegido y adoptado como suya. Así que le sonrió, aunque no estuviera acostumbrado a hacerlo ni se le viera bien, sino extraño. Pero muchas cosas de él eras extrañas y ambos lo sabían, así que no le importó y lo hizo con más ganas de lo que jamás lo había hecho.