- Deja de jalarme del cabello, ¿quieres? Es largo y, aunque no ondulado, tiende a enredarse con facilidad. Tú no sabrías de estas cosas ya que si algún día llegaras a llevarlo por la cintura, seguramente serías un hippie roñoso y siquiera te interesaría pasarte un peine como para notar lo enredado que estaría. – Hablaba rapidísimo y, aún así, Drake había captado todas y cada una de sus palabras. No tenían sentido. Había comenzado con una queja y había acabado con la idea de un futuro incierto e incomprobable. Y todo aquello sólo porque él le había jalado el cabello. ¿Por qué le había jalado del cabello? Bien, pues, era bastante claro y obvio. Le encantaba observarla y le encantaba, especialmente, cuando se enfadaba, porque arrugaba su nariz y el entrecejo se fruncía de manera tal que sus cejas se arqueaban de una forma graciosa. Y él no paraba de reír. Seguramente a ella no le molestaba el hecho de que le tocase el cabello (ya que lo hacía con cuidado tal que, por su delicadeza, la niña podría llegar a pasar por una muñeca de porcelana). A Ayleen le molestaba, más que nada, que él se riera de ella.
Ayleen podría haberse quejado de muchas cosas. O no. Cualquier chica ordinaria lo habría hecho, teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban. Pero ella no era una chica ordinaria, sino una bastante singular. Se destacaba del montón, siempre lo hacía, en especial cuando no la rodeaba mucha gente, como en ese instante. Drake no paró de cantar, ni siquiera cuando ella le retó. Yacían recostados en el suelo, sobre el césped. Él sobre ella. Cualquiera que hubiese pasado por allí, los habría catalogado con suficientes palabras hirientes. Pero estaban confiados de que nadie se acercaría a aquel prado, ya que en el campo no vivía mucha gente y, la que sí, no se andaba permitiendo paseos al azar, ya que todo el mundo trabajaba en sus tierras casi sin parar. Además, si bien eran genuinos e instruidos, tenían una mente tan fresca que la inocencia les completaba el alma.
Ella lo miró a los ojos. Él copió su gesto e hizo una mueca, en un intento por sonreír. Sólo logró una sonrisa chueca, exagerada y hasta un tanto aterradora. No sonreía muy seguido y, la vez que lo hacía, era porque se precisaba hacerlo. Pero Ayleen no había estado mirándolo precisamente a él. La niña alzó los brazos hasta la altura de sus caras y, con sus manos de pétalos, tomó los gruesos lentes de Drake. Ella hizo asomo sobre el grosor del vidrio y algo más que él no oyó. O sí oyó pero, más bien, no prestó atención. Se había quedado compacto ante el intercambio de miradas. Pocas veces dejaba de prestarle atención y, mucho menos, se ponía a pensar en cosas que le tomaban un tiempo suficientemente largo para que ella lo notara.
- ¿Mucho o poco? – Repreguntó Ayleen, como si intentara hacerlo reaccionar con su tema anterior. Pero Drake no comprendió. Había perdido el hilo de la conversación. Estaría preguntando sobre… ¿El grado de su visión? No tenía idea y realmente poco le interesaba. Era consciente de que gran cantidad de las cosas que Ayleen le decía no eran por real interés, sino que eran, más que nada, porque pocas palabras decía él y, por lógica, alguien debía rellenar los silencios de vez en cuando.
- ¿Por qué no puede ser amor? – Dijo él, casi sin pensarlo. O, más bien, sin pensar en articular, porque la pregunta en sí había sido la razón por la que se había perdido en sus curiosos ojos de caleidoscopio.
Ayleen no tartamudeó pero sí se tomó un minuto antes de contestar. Y él se lo concedió. Había innumerables respuestas y todas lo suficientemente ingeniosas como para evadir a aquella pregunta que, de alguna manera, no comprendía del todo. Algo que siempre la había caracterizado era el hecho de tener esa capacidad tan suya para dominar los pensamientos y eludir los sentimientos:
- Deberías dejar de oír esas bandas que tanto te gustan. Sus letras te llenan el cerebro de aire y no te permiten pensar bien. ¿Qué esperas que te responda? No imagines nada que nos involucre en un mismo plan, en una misma vida.
- Hasta el destino espera algo de nosotros. – Dijo él, de inmediato. Ignoró por completo que hablara de esa manera de la música que no compartían pero que él aún así oía.
- Cállate. Tan sólo cállate, ¿quieres? Estás haciéndolo todo mal.
Ayleen le empujó con suavidad y, rodando hacia el lado contrario, se impulsó para ponerse de pie. Drake la imitó una vez más y se acomodó los lentes sobre su larga y peculiar nariz. La observó como analizándola, esperando que explicara sus pensamientos. Un escalofrío recorrió su larga columna vertebral y le erizó los cabellos de la nuca. ¿Habría sido un error presentarle tal interrogación? Temía que, en un segundo se hubiera alejado de ella para siempre. De inmediato ella le devolvió la mirada. Llevaba el entrecejo y los labios fruncidos. Ayleen deseó que su mirada fuera un hacha. Era un idiota y aún así le parecía encantador. Drake resistió una sonrisa casi inevitable. Sabía que no era el momento y que no sólo recibiría una gran golpiza, sino que Ayleen se enojaría por un buen rato. Y, en ese momento, no tenía argumentos para deshacerle los caprichos.
- Espera, ¿quieres? Espera. Es todo un juego, ¿verdad? No estás diciendo esto en serio, ¿verdad? Mañana despertaremos y volveremos a gritarnos como si nada hubiese pasado, ¿verdad?
Parecía sufrir a duras penas aquel descubrimiento interior. No era un hallazgo sólo para ella, sino, una respuesta completa para Drake. Estaba claro que su pregunta no sólo había movido algo dentro de él. Aquella tarde completaban una etapa y creaban una nueva ante ellos. Sería una fase más cercana a todo aquello que habían imaginado por años.
- Estamos a nada de serlo todo. – Dijo con calma Drake.
- Estoy pensando… Te quiero. Y tú a mí. Y eso es todo.
Sabía que no era necesario decir aquello. Jamás habían sentido la necesidad de hacerlo y, sin embargo, lo dijo. Se alejó, temblando los primeros pasos. En cuanto comprobó que él no la detendría, continuó con firmeza. No la detuvo y tampoco la siguió. Fue entonces cuando, por fin, notó que había tomado la decisión correcta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario