El pulso se le aceleró y la adrenalina inundó su ser.
Mientras se daba la vuelta, entró en un shock: sabía lo que era pero no sabía
porqué se sentía invadida de tantos nervios. Un nuevo aspecto le enfrentó, el
de un par de gruesas gafas y una mirada más clara. Ella tardó en reaccionar, de
igual manera. Era el típico aspecto que más que confianza, generaba
indiferencia o hasta, en ciertos casos, risa. Sin embargo, el hecho de no
recibir ninguna sonrisa a cambio, le hizo sonrojar hasta el punto de sentir la
cara acalorada.
- ¿Indiferencia como mecanismo de defensa?
Eres básica. – Se burló.
Ella mantuvo el silencio a partir de allí. Él sólo la miró,
como quien contempla de forma rigurosa, como estudiándola.
- ¿Sueles analizar psicológicamente a las
personas? – Por fin volvió a hablar ella. A lo que él no tardó en encontrar
respuesta impredecible:
- Lo que suelo hacer es ridiculizarlas, en
especial a aquellas que no me declaran su amor. – le guiñó un ojo bajo el
vidrio de sus gruesos lentes.
- No sólo eres raro, sino también idiota.
– Se enojó ella.
Él la miró, como nunca antes la había observado. Similar a
como ella le había mirado en un principio, como a un extraño, un desconocido
pero nuevo y llamativo objetivo.
- Pues si así es como ves la seducción, con
razón estás tan sola. – sonrió. Estaba claro que bromeaba y, tras aquella
inusual y burlona sonrisa, destellaba un escondido placer porque sus palabras
fueran ciertas.
Los
enormes ojos de la niña se mantuvieron posados en los claros ojos de su
atacante, mas ninguna palabra salió de su boca, no quería darle el gusto, así
que, por instinto, sólo arrugó la nariz, como solía hacer cuando se enfadaba o
cuando algo le disgustaba. Un hombre uniformado se acercó a ellos para
ofrecerles algo de beber, cortando aquel lindo juego de miradas, sin embargo,
una cortante mirada del rubio le hizo entender que estaba interrumpiendo algo,
para él, importante y que lo mejor sería irse pronto a otro grupo de gente.
- Maleducado – soltó ella -. Nadie te dijo que yo no estaba con sed.
- Voy a buscarte un vaso de agua ahora mismo.
– Se apresuró a decir él.
- Tampoco dije que sí estuviera sedienta.
– Continuó ella.
El rubio alzó ambas cejas antes de fruncir el ceño y
analizarla con los ojos bien abiertos. Fue entonces cuando volvió a hablar:
-
O eres
muy lista, o sólo estás en tus días. – Hizo una mueca que a ella le pareció
divertida. El rubio de nariz llamativa no tenía mucho interés por el mundo
femenino, pero tenía una hermana menor y una madre con las que convivir y
lidiar día a día, por lo que no podía evitar los mínimos conocimientos y tratos
hacia las mujeres, en especial cuando se trataba de la niña bonita que él había
elegido y adoptado como suya. Así que le sonrió, aunque no estuviera
acostumbrado a hacerlo ni se le viera bien, sino extraño. Pero muchas cosas de
él eras extrañas y ambos lo sabían, así que no le importó y lo hizo con más
ganas de lo que jamás lo había hecho.

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