sábado, 17 de noviembre de 2012

I.



Todo era risas latentes y los colores de los estruendosos abrigos de las señoras de la elite se enriquecían hasta el punto de darle náuseas. El fuerte aroma a cigarro era una peste, nauseabundo como los colores mismos. Era temporada alta de frambuesas o sino no se explicaba el porqué de aquel impregnante perfume que se empeñaba por hacerse espacio entre el montón de gente. Intentaba concentrarse en algo más que la mezcla de humo de pipa y la fragancia intermitente a traje nuevo y zapatos lustrados. Fue entonces cuando los vio entrar, cual desfile interminable de personas de nariz parecida. Flacos, altos para las edades que tenían, y rubios, excepto por el mayor, quien supuso como el padre de familia y quien se distinguía del resto especialmente por su considerable cabellera blanca. Entre los cuatro jóvenes distinguió a quien no era el más alto pero sí quien parecía más adulto. Su rostro se le hacía familiar y su aire egocéntrico le hacía creer que se trataba de alguna celebridad no reconocida. Siguió la marcha con la mirada y visualizó a los menores. La niña, menor que ella pero físicamente más desarrollada, con una extravagante cabellera enrulada. El niño, llamativo por aquella mirada única de admiración y sobresalto por todo lo que había a su alrededor. Pero su vista siguió, se posó e instaló sobre el último de los jóvenes. Altísimo y exageradamente delgado, hasta el punto de parecer desproporcionado y algo chistoso. Nariz alargada, como el resto, y ojos grandes pero entrecerrados y cansados, como quien poco ve o presta atención al panorama exterior y presente. Era, más bien, una mirada ausente, como quien se presta en cuerpo y no en mente, como quien no desea estar donde sus pies le llevan. Tenía un atractivo exquisito, pues lindo no era y llamativo, tampoco. Pero quizás ésa era la exacta cualidad exótica que había llamado y despertado la curiosidad en su mente. Pronto, mil historias sobre aquella familia de nariz peculiar comenzaron a ser protagonistas de su mente y las preguntas de porqué se hallaban allí y de la relación entre ellos mismos se respondieron solas, con más de una opción vigente.

Cuando se dio cuenta, ninguno de ellos estaba a la vista. Fue entonces cuando se percató de que no había hecho ninguna acotación mental sobre la madre de la familia, y que tampoco había imaginado si se trataba de otra señora como las del lugar, con sus caros y asquerosos perfumes encendidos para competencia o exhibición. Joder, su alta tendencia a sobreapasionarse había hecho que se sumergiera en un surco profundo y que perdiera noción de la pasarela de narices. Había perdido para siempre la viva visión del extraño chico de apariencia apetecible. Se parecía a sus hermanos, mas había algo en él que lo diferenciaba y resaltaba del resto. Se forma de caminar pesada pero, de manera increíble, su andar liviano. Su mirada. Esa mirada cerrada que tantas ganas daba de explorar. Incluso la duda de no entender porqué una mirada tan poco grata y con tan poca bienvenida, le daba cierta satisfacción mental. Era una clase de sujeto inusual, y ella aún no determinaba si, en su caso, era un cumplido o algo así como un insulto. Ella no era una mujer bonita. Al menos no era etiquetada con tan rótulo ante el general de la sociedad que le rodeaba. Tampoco era exótica, como la familia numerosa que había divisado. Su gran frente y sus grandes ojos, adornados con unas extraordinarias cejas, más que bonita la hacían interesante, siendo así, una belleza natural.

-          Sé lo que piensas y te equivocas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario